¿Qué pueden tener en común los críticos del Festival de cine de Cannes, el presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva y miles de espectadores en Reino Unido o Brasil? La respuesta es la película Ciudad de Dios. Cuando en mayo de 2002 se pudo ver en Cannes, todo fueron elogios. El director Fernando Meirelles tenía apenas una decena de entrevistas concertadas y después de que la vieran los periodistas, hubo cientos de peticiones. Todo el mundo quería hablar con el hombre que había conseguido plasmar tan brillantemente la vida de una favela. Ocho meses después de aquella proyección, el Gobierno de Lula da Silva anunciaba entre sus primeras medidas la recuperación de todas las favelas brasileñas. Empezarán precisamente por Ciudad de Dios, el suburbio protagonista de la película y uno de los más peligrosos del país. El protagonista de Ciudad de Dios es Buscapé, un joven de 11 años que vive en Ciudad de Dios y procura mantenerse al margen de la delincuencia. Su sueño es convertirse en fotógrafo, pero para conseguirlo tiene que seguir con vida. A través de sus ojos, el espectador ve cómo es la vida en las favelas, las peleas, el amor, la muerte y, sobre todo, la poca esperanza de los que habitan en ese territorio sin ley.
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