Hacía seis años que Bob Rafelson (El cartero siempre llama dos veces) no se ponía detrás de una cámara. Desde que dirigiera Sangre y vino con Jack Nicholson y Michael Caine. La historia que le ha convencido para regresar a la dirección es Sin motivo aparente, un thriller de acción que arranca con un policía (Samuel L. Jackson), a punto de cogerse unos días libres. Pero mientras prepara las maletas para dedicar su tiempo a su gran pasión, tocar el violonchelo, una vecina le pide que investigue la desaparición de su hija. La única pista que tiene es una foto y el nombre de la calle donde se supone que vive el novio de su hija. Cuando Samuel L. Jackson aparece en Turk Street, una anciana está caída en el suelo y no se resiste a ayudarla. La mujer, agradecida, le invita a su casa a tomar un té, y cuando menos se lo espera, Samuel L. Jackson se encuentra amordazado, atado a una silla y con un psicópata apuntándole con una pistola. Minutos después, descubrirá que una banda de ladrones planea robar un banco y hacerse con un botín de diez millones de dólares. La única manera de no cambiar el plan a pesar de la incómoda novedad es vigilar al rehén mientras se realiza el trabajo. La elegida es Milla Jovovich, una mujer fría y manipuladora, que nunca se sabe qué es lo que piensa. Durante el cautiverio, ladrona y policía acabarán sintiéndose atraidos y descubrirán que tienen mucho en común, además de su amor por la música. Acción, juego psicológico, robos, atracción, giros imprevistos de guión, informática y amor al dinero. Todo bien mezclado.
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