Después de películas como Un lugar en el mundo, Martín (Hache) o Lugares comunes, Adolfo Aristarain nos ofrece otro ejemplo más de su talento como cineasta. Siguiendo su coherente carrera como narrador de historias cercanas y emotivas, el director argentino firma una cinta personal llena de sentimientos y comportamientos universales. Un reparto apropiado y un cuidado trabajo técnico terminan de redondear una producción que se merece un diez. Por Nacho R. Piedra [01/10/2004]