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| Nuestra crítica Los jóvenes y las drogas. De nuevo el cine trata de reflejar los efectos y las sensaciones que provocan las sustancias ilegales, siendo el turno, en esta ocasión, del reputado realizador de videoclips Jonas Akerlund. Con aire de tragicomedia y pequeños ecos de Réquiem por un sueño, la película transcurre a una velocidad vertiginosa, animada por un montaje nervioso y una fotografía dura y sucia, propia de los antiguos trabajos del director con anuncios y clips musicales (el más famoso de los cuales es, probablemente, Smack My Bitch Up para Prodigy). La cinta tiene sus momentos, pero no deja de ser un experimento, una especie de ejercicio de estilo en el que la cámara se encuentra tan alterada como los intérpretes que aparecen ante ella.
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